Que la Ley nacía con muchas mermas era algo que decíamos unos pocos en 2.007. Que su desarrollo en estos dos años ha sido un desastre lo ha empezado a decir más gente. Y que tiene el futuro más negro que los ángeles de Machín es una opinión generalizada y extendida entre todos los profesionales; excluimos de este grupo a los políticos, no porque mayoritariamente no sean profesionales, sino porque su opinión en este tema es interesada.
Dicho esto queda por enfrentarse al gran reto ¿y ahora qué hacemos?
Nosotros apostamos por dejar de perder el tiempo y empezar a confeccionar una nueva ley. Una nueva ley realista y posibilista. Una nueva ley que se deje de populismos y que trate de analizar cómo poder atender las necesidades de las personas dependientes y lo que es más importante, cómo hacerla sostenible. Una ley que deje de fantasmear y hablar de nuevos servicios, nuevos empleos, sector de futuro con alto potencial de crecimiento y demás argumentos mitineros.
Pero para esto nos hacen falta políticos de altura, y los actuales, la verdad es que para jugar al baloncesto no valen.





























